En la época soviética, encontrábamos un bebé en la calle y lo cogíamos para nosotros, nadie lo necesitaba

El aire helado le quemaba la cara mientras Anna se apresuraba por el camino cubierto de nieve. Era una tarde de febrero especialmente fría, incluso para su pequeño pueblo, perdido en algún lugar entre Vologda y el sentido común, como bromeaba a menudo su marido Ivan. Detrás de ellos estaba la granja, donde habían estado atendiendo a las vacas desde la mañana hasta la noche, que parecían haberse conjurado para ordeñar más despacio de lo habitual con este frío.

– An, espera un poco -la llamó Iván, tratando de alcanzarla-. – ¿Por qué corres como una tea? Seguro que en casa ya hace frío.

– Creía que tenías frío y prisa por entrar en calor -sonrió Ana, aminorando la marcha-. – Hoy Marfa me ha estado contando todo el día cómo su nieto había aprendido a decir “abuela”. ¡La misma historia tres veces!

Iván rió entre dientes, ajustándose la orejera:

– Bueno, si tú fueras ella, ¿no estarías presumiendo?

Ana guardó silencio, pero Iván sabía lo que estaba pensando. Veinte años juntos y Dios nunca les envió hijos. Cuántos médicos, cuántas monjas, cuántas oraciones… Y la casa sigue tan vacía como siempre, sólo el gato Vaska reina como único heredero.

Cuando Anna se acercaba a su cabaña, se detuvo de repente:

– Vanya, ¿me oyes?

– ¿Qué? -escuchó el silencio vespertino, sólo roto por el chirrido de la nieve bajo los pies.

– No, debía de sonar así…

Pero al cabo de unos pasos ambos se congelaron. A un lado de la carretera, casi completamente cubierto de nieve, había un fardo. Y el bulto se movía.

– Jesús -exhaló Ana, corriendo hacia el hallazgo-. – ¡Vanya! Es…

Ni siquiera terminó, ya estaba paladeando la nieve con las manos. Entre los trapos helados, azulado por el frío, yacía un bebé. Diminuto como un bebé, apenas daba señales de vida. Como mucho tendría un año.

– Deprisa, Vanya – Anna ya estaba sosteniendo al niño contra su pecho, tratando de darle calor. – ¡Quítate el abrigo!

Iván, sin mediar palabra, se quitó la ropa de abrigo y arropó a su mujer y al bebé.

– ¿Quién es? – murmuró, mirando a su alrededor. – A lo mejor hay huellas…

– Más tarde. – le interrumpió Ana-. – Primero vamos a calentarle. Dios, ¿qué clase de cabrones son estos?

Casi corren a casa. Vaska, que se reunió con ellos en frente de la casa.

Articles Connexes